Sobre viajar
Privilegio, identidad y alteridad
Recuerdo la primera vez que viajé en avión. Debía tener unos siete años y el finger que conectaba la terminal con el avión me pareció algo extraordinario. Cómo en los dibujos animados: un túnel que te permite viajar de la realidad a lo imaginario. De casa a lo desconocido. De la tierra a las nubes.
Mi hijo ha tenido la suerte de viajar desde que era un bebé, pero aún así conserva la ilusión por el viaje como si la estrenara en cada ocasión. A mi me pasa un poco lo mismo; da igual las veces que haya hecho el ritual del viajero - billetes, maletas, pasaportes, aeropuerto, avión…- sigue naciendo un nervio en el estómago que me recuerda lo excepcional que es tener el privilegio de visitar otros lugares, conocer otras culturas y exponerte al cambio, a la alteridad para, con suerte, configurar otra mirada: más amable, más abierta y más humana.
Desde un punto de vista antropológico el viaje nunca es sólo un desplazamiento, sino una manera de construir la identidad propia. Me lo imagino como una planta a la que transplantas usando un sustrato nuevo. Quizás sienta incomodidad al principio, pero al cabo de sólo unos días sus raíces se nutrirán con nuevos elementos que la harán crecer más fuerte, pero también enfrentarse a nuevas dificultades, nuevas plagas y nuevas sequías. Así me imagino que nuestra identidad se transforma al viajar, se nutre de nuevos conceptos, de experiencias distintas y se expone a problemas diferentes que le obligan a crecer y mutar.
Más allá de la experiencia individual, es importante para mi nombrar como viajar es también un ejercicio de poder: al fin y al cabo, somos pocos los que viajamos y cómo lo hacemos representa una forma muy concreta de habitar el mundo. De igual modo, la manera en que relatamos la alteridad (el otro, sus costumbres o incluso su arquitectura o urbanística) también configura muchas veces un relato de poder.
Viviendo en una ciudad como la mía, la forma en la que viajas es un tema de responsabilidad y coherencia personal. Durante los últimos años, en Barcelona hemos experimentado cómo el turismo funciona cómo un monstruo que engulle, que atrapa y disecciona la identidad propia de la ciudad. El objetivo es convertirla en una ciudad adaptada a los extranjeros y sus necesidades, renunciando así a sus rasgos característicos, tantas veces incómodos, y a la oportunidad de ser construida a favor de quién la vive no sólo de quien la visita.
Así que, quizás, el primer paso es reconocer la incoherencia de ir a hacer turismo a otro lugar al tiempo que intentas construir una realidad turistica diferente. Huyo de “buscar lo auténtico”, porque sabemos que no existe; nada hay más auténtico que la tienda de souvenirs que te encuentras en cualquier centro de una gran urbe. Esa tienda nos habla de un momento vital de la ciudad que visitamos y también nos relata un lenguaje concreto, un relato propio que se construye a partir de todo aquello a lo que una ciudad renuncia para albergar a los otros, los que vienen, los que no van a quedarse.
Quizás lo único que tiene sentido es identificarnos como turistas, habitar plenamente nuestro papel para que sea esa condición la que nos permita entender nuestro lugar, nuestras limitaciones y nuestros deberes con aquellas ciudades o parajes que nos acojen. Y también, siempre, habitar con dulzura los espacios, ir más lento, saborear las visitas cómo si fueras a ver a un ser querido y no a tachar un punto de tu lista de lugares que ver antes de morir. Relajarnos en los espacios para ser capaces de escuchar, de atender, de percibir las sutilezas que nos hacen distintos. Aprender de la densidad del silencio en la hora del rezo de Istanbul, de la manera en que la luz se disuelve en los mares griegos, del ruido a máquina y palabra de las cafeterías de roma, del olor de las Hogueras en Alicante o del verde frondoso de los lagos de Canadá. Empaparnos de todo aquello que requiere tiempo para ser visto y tratar siempre como una joya aquello que percibimos, por ser regalo y por ser privilegio.


